Juan Ramón Lucas

José Carlos se ha refugiado de la inesperada tormenta de nieve en un cálido bar de carretera. Acaba de pasar por el fielato de pagar la gasolina en medio del desconcierto de los nuevos bancos, antes cajas de gasolinera, que son los pagafantas del Gobierno y su generosa bajada del combustible. Yo invito a la fiesta y tú te haces cargo de pagar a los músicos y poner la bebida, y luego, si eso, pues ya me pides lo que te debo y arreglamos cuentas. El Gobierno, piensa José Carlos, es el nuevo amigo gorrón que te cuida y te quiere, pero te exige cariño y regalos por anticipado, ese que se te presenta sin avisar cuando no tienes escapatoria. No se le quiere ni en el fondo, pero se carga con él porque en alguna ocasión nos resuelve algún problema.

¿No ha conseguido recaudar más de 6.000 millones de euros en los dos primeros meses del año? Eso es lo que dice la Agencia Tributaria, que ha obtenido de más gracias a la inflación –que razón tiene el profesor Rodríguez Braun cuando dice que es el impuesto más general, extendido y silencioso– y a la creación de empleo. 6.000 millones es la misma cantidad comprometida por el Gobierno en su último plan de ayudas para paliar la crisis. Yo te doy ese dinero, pero te saco de impuestos la misma cantidad. Lo comido por lo servido: te hago creer que te ayudo cuando en realidad es un trile como una casa. Y, claro, si se comen los impuestos las ayudas que supuestamente estimulan también la economía, pues ese estímulo queda a la altura de un folleto del «satisfayer», o sea mucha venta y mucha promesa, pero nada tangible ni excitante. A ver, que las ayudas públicas nunca lo son, pero en algún momento, cuando llegan, es el favor que te hace el amigote pesado. Hoy ni eso.

En estas cavilaciones se entretiene José Carlos mientras sorbe lentamente el té verde que se ha pedido en el restaurante. En la Tele ve a Núñez Feijóo que ya ejerce de presidente del PP. Le recuerda al Gobierno que se comprometió a bajar los impuestos y no lo ha hecho. Sonríe porque no puede creer que hable en serio: ¿de verdad creyeron que lo haría y más en este tiempo? ¿No conocen ya al personaje Sánchez, el rey de los platos en equilibrio? Supone que sí, y vuelve a pensar que la política es un juego de resultado incierto pero reglas pactadas, en el que todos saben que tienen un margen para moverse, y ahí ejecutan fragmentos de texto estudiantil de arte dramático: se indignan, se afean conductas, llegan a insultarse, hasta se dejan de dirigir la palabra, pero todos saben que esa es la regla del juego. Ya me tocará a mi ser gobierno y a ti oposición.

Interpretan, considera José Carlos, un juego de máscaras que, además, es cobarde. Porque saben cuál es su papel y el lugar que les corresponde, conocen qué tecla tocar para animar al personal o indignarle, y aunque a veces yerran el tiro, no suelen equivocarse en la diana, pero no tienen valor para enfrentarse a ese público ante el que actúan. Y eso que es un público que no sólo paga por ellos, sino que se supone influye decisivamente en que estén ahí. Piensa en la ministra Montero que tiene los arrestos de decirle a los gasolineros –los nuevos compradores involuntarios de bonos del gobierno a interés cero– que no hay que preocuparse que todo está arreglado, sabiendo que no es así, pero que lo importante es que los ciudadanos vamos a pagar menos por la gasolina. El colectivo afectado es mucho menos importante que el general del personal a quien se destina una medida provisional y de poco alcance real, pero propagandísticamente eficaz. Y es ahí donde José Carlos encuentra la cobardía, la renuncia a la verdad de sus posibilidades cuando éstas sacrifican o pueden sacrificar votos.

En estos tiempos críticos, con lo que tenemos encima y lo que se nos viene: crisis energética, inflación coyuntural en una coyuntura eterna, una guerra que nos empobrecerá a todos, un posible cambio de equilibrios mundiales que erosionará la democracia en el planeta, más paro, pérdida de calidad de vida, una o dos generaciones sin esperanza…y podría seguir y seguir, pero se queda en ese ramillete de probables cambios a peor para poner en valor o en realidad quitárselo, la acción de una política que en España es incapaz de tender la mano al adversario para crear, para innovar, para encontrar alguna salida que si existe ni es ideológica ni es sectaria. Pero son incapaces de renunciar –crecer, avanzar es hacerlo– por miedo a perder el nicho de mercado de los votos.

José Carlos escucha ya en el coche cómo un ministro dice que si el PP quiere ellos llegan a un acuerdo, para después certificar que la coalición con Podemos va viento en popa. Ambas realidades son incompatibles.

Pone en la radio del coche un CD de Elmore James: «El cielo está llorando, mira las lágrimas rodando calle abajo».